jueves, 19 de enero de 2017

LUIS ALIMONDA. EL PRIMER PRÁCTICO DE PUERTO BELGRANO

Luis Alimonda en el puesto de mando del remolcador Querandí, en Puerto Belgrano.

1-Emigrando para olvidar.

Luis Alimonda nació en Génova, tierra de navegantes, en 1875. Cuando tenía once años, su abuela paterna fue mordida por un perro rabioso. No tenían recursos para salvarla. Los estragos de esta enfermedad eran terribles. La familia, en medio del dolor y la impotencia, resolvió en conjunto envenenarla. Uno de los hijos, es muy probable que el padre de Luis, preparó la pócima fatal y con ella impregnó los labios de su madre. De ese modo la “despenaron” para alivio de su mal, y de ese modo se desintegró la familia.
Ese mismo día, el 15 de marzo de 1886, de la mano de Ángelo, su padre, que era marinero, Luis embarcó hacia la Argentina en el vapor Adria. Era un buque pequeño, de 2.655 toneladas y mala fama, construido por la Cunard Line en 1855.  Buscaban poner distancia con el doloroso recuerdo. Tal vez el rudo viento del sur, las hostiles mareas y el paisaje desconocido, trajeran un poco de alivio a sus almas.  Edmundo De Amicis, en su obra “Sobre el océano” dice que los italianos emigraban para comer. En este caso, emigraban para olvidar.


El vapor Adria en el que Angelo y Luis Alimonda viajaron a Argentina.

Arribaron a Buenos Aires el 9 de abril. Padre e hijo trabajaron codo a codo en  actividades  relacionadas con la marinería, en las que Luis fue adquiriendo conocimientos y templando su carácter. Sin embargo, el padre extrañaba su tierra. Luego de unos años compró pasaje en el Clementina, un buque de 1.384 toneladas construido por Palmer Brothers de Jarrow-on-Tyne, y regresó solo a Italia. Este viaje demoró cuatro meses.
El joven Luis se quedó en el Río de la Plata, embarcado en un remolcador, perfeccionándose en tareas de práctico. Sin embargo, como éste era un trabajo muy bien remunerado, y apetecido por los especialistas de las navieras, fue desplazado por la competencia desigual y quedó desocupado. Así le llegó un día la noticia de que necesitaban un práctico naval en el naciente puerto militar de Bahía Blanca. Hacia ese lugar desierto y lejano se encaminaron sus pasos. Puerto Belgrano era noticia en todo el país, con una importante cantidad de paisanos trabajando en él, comenzando por su fundador, el mismísimo ingeniero Luis Luiggi.
  
2-¿No se anima don Luis a entrar el Iowa?


Tarjeta postal de la época, mostrando al Iowa entrando al dique.

Luis Alimonda llegó a Puerto Belgrano recomendado por el naviero croata Nicolás Mihanovich, cuya esposa Catalina Balestra, viuda de su socio, era genovesa. Aquí, como él mismo decía, se encontró con un paisaje desolador.
-Este lugar era el desierto, o peor aún. Olas de arena, movidas por el viento inclemente, nos corrían de un lugar a otro en un ambiente tan solitario como el mar. Pero con trabajo, perseverancia y mucha fe conseguimos superarlo. Yo también agarré la pala y planté árboles como todos los demás.
Llevaba pocas semanas en la base cuando el almirante Barilari lo llamó para entrar un barco al puerto. Luis pensó, dada su condición de bizoño, que se trataría de un buque de pequeño calado. Enorme fue su sorpresa cuando supo que no era así.
-¿No se anima, don Luis, a entrar el Iowa?
-Cómo no, Señor Almirante. ¿Pongo el remolcador a popa o a proa?
-De ninguna manera. Éntrelo usted mismo desde el puente.
-¡Madonna Santa!
El buque, un acorazado de la armada norteamericana, venía navegando desde Cuba y necesitaba unos retoques de limpieza en los fondos del casco. Era uno de los de mayor manga del momento-21,99 metros- al punto que, ingresado al dique de carena más grande de América del Sur, apenas sobraban 60 centímetros por lado. Alimonda demostró con el éxito de la maniobra la soberbia capacidad de nuestro dique y la no menos admirable pericia del práctico. Apenas terminada la faena a través de los canales del puerto en plena construcción, desembarcó y echó un trago de whiski. Esto aconteció en la primera quincena de octubre de 1902.
Entre 1901 y 1930 Alimonda había movido 13.239 barcos sin una varadura ni accidente que se reflejara en pérdidas económicas ó humanas. Cerca de un millar de veces entró, sacó ó cambió de ubicación en Puerto Belgrano a los ciclópeos acorazados Moreno y Rivadavia, y unas cinco mil al San Martín y al Pueyrredón ya de día como de noche. Condujo a los presidentes Marcelo Torcuato de Alvear en el Moreno, a Julio Argentino Roca y a Carlos Pellegrini en el Buenos Aires y a Figueroa Alcorta en la Fragata Sarmiento, a la que Luis quería entrañablemente, como propia.
Alimonda se había granjeado la estima y el respeto de todos los oficiales, a muchos de los cuales conocía desde guardiamarinas. Todos aceptaban sus apreciaciones y consejos. De su pericia dependían los millones de pesos que valían los grandes acorazados, los destructores y las torpederas. Además, siempre había estado atento en las situaciones límite para socorrer a los marinos en peligro de ahogarse.
Entre sus socorridos figuraban el teniente de navío retirado Guillermo Llosa, el ingeniero maquinista Lorenzo Colorá, el suboficial maquinista Octavio Pedemonte y un par de marineros durante el trágico naufragio de la grúa toba en 1924. El práctico, con genuino pudor, evitaba hablar sobre estos salvatajes.

Otra vista, en una foto de Caras y Caretas, del Iowa en Puerto Belgrano.

3-Antonio Antieri, el socio ideal.

Alimonda y Antieri, en foto de Caras y Caretas, recorriendo una avenida de Puerto Belgrano en bicicleta.

En 1900 llegó a Puerto Belgrano Antonio Antieri, a quien todos llamaban Nino, apócope de Antonino. Fue marinero y patrón de remolcador para, en 1914, acceder finalmente a su cargo de práctico.
Había llegado a Bahía Blanca cuando el trazado del puerto militar era apenas un ambicioso proyecto. Se empleó en una compañía inglesa y a bordo del “Bella Arena” acarreó pedregullo para las obras. Luego se quedó a trabajar en la base naval y llegó a patrón del remolcador Querandí.
Antieri se casó en 1905 y tuvo cuatro hijos. Era más que un compañero de trabajo, juntos componían una dupla fundamental para el movimiento de navíos en los canales del puerto. Era común verlos en el puente de mando de los remolcadores, dirigiendo las maniobras, o transitando en bicicleta las avenidas de la base. Entre las numerosas anécdotas que solía contar Nino, estaba una referida a la visita del príncipe de Gales, Eduardo de Windsor, a bordo del acorazado “Repulse” en 1925, acompañado por el presidente de la Nación y varios ministros.
Alimonda entró el buque de la comitiva en 16 minutos. Sin embargo, al  ministro de marina no le agradó el movimiento y lo reconvino que para la salida, lo hiciera  en mejores condiciones. Luis agachó la cabeza y se marchó sin responder, sin entender qué pretendía el funcionario. Éste comentario hirió el amor propio del práctico que con este acorazado llegaba a 11.000 barcos movidos.
-¿De qué mejores condiciones-masculló para si-me habla este signore?
Para la salida del Repulse, con el futuro monarca de Inglaterra a bordo, lo secundaba Nino en El Querandí, a proa. Disgustado por el injusto e incomprensible llamado de atención del ministro, Alimonda le dio una directiva precisa a su compañero.
-Nino-le dijo-cuando toque tres veces el pito, pegás un tirón fuerte con el remolcador y rompés los cabos, y te vas ahí nomás.
Sonaron las tres pitadas y el Querandí aceleró a toda máquina. Los cables se cortaron. Alimonda ordenó que también se marchara el remolcador de popa. Hubo cierta extrañeza por este movimiento entre la gente de cubierta del acorazado inglés, incluido el príncipe y el ministro, que se abalanzaron al puente para ver qué sucedía.
-Tranquilos, señores-dijo Luis Alimonda con gran serenidad-Vamos a salir del puerto sin remolcadores. No hay ningún peligro.
Dicho y hecho. El acorazado HMS Repulse, joya del Reino Unido, salió de nuestro puerto con las mismas facilidades de un bote. Serenados los ánimos, el ministro de marina exclamó que habría que dar de baja al patrón del Querandí por bruto.
-Eh, antes debería darme de baja a mi-respondió Alimonda, y explicó los detalles de la maniobra al asombrado y encumbrado pasaje.
-¿No querían salir en mejores condiciones?-epilogó sonriendo-Pues así lo hemos hecho. No hay mejores condiciones que éstas.
-¡qué gringo compadre!-exclamó satisfecho el ministro.
Un rato después, un edecán le entregó al práctico, en nombre del presidente, quinientos pesos. El príncipe de Gales le obsequió un artístico alfiler de corbata, con el escudo real en fino esmalte todo rodeado de brillantes.

Luis y Nino, en la cubierta del Querandí.

4-Villa Alimonda. Paredes de un siglo.

Villa Alimonda. Paredes de un siglo.

Luis Alimonda se había casado en 1903. Tuvo dieciséis hijos. Cuatro de ellos murieron tempranamente. Dos más, una niña de quince y un muchacho de dieciséis murieron en 1930, con diferencia de diez días, víctimas de un brote de escarlatina complicado con difteria. Sobrevivieron cinco varones y cinco mujeres.
La mayor de las hijas había nacido en 1906 y era maestra normal, otra era profesora de piano, y otra de dibujo y pintura. Dos de los varones estudiaban en la Escuela de Comercio de Bahía Blanca y el menor lo ayudaba en los trabajos de jardinería.
-Es guapo ése-manifestaba orgulloso el marino-fuerte para el trabajo. Lástima que le gusta demasiado la farra, el fútbol de la pelota y el cinematógrafo.

Luis posando con parte de su familia en el jardín de Villa Alimonda.

El trabajo de las mujeres de la familia había traído con su aporte, tranquilidad económica. Los varones iban a hacerlo al finalizar sus estudios.
-Doce hijos y 350 pesos de sueldo-se lamentaba Luis-El mismo que me fijaron en 1905. ¡Veinticinco años sin un mísero aumento, cuando un práctico de compañías navieras privadas gana el doble o más!. Hemos vivido tiempos de angustia y necesidades a causa de esto.
Su tez era bronceada por el trabajo del sol y el aire marino. Sus ojos brillantes y vivaces. Su sonrisa, fácil. Su voz era ronca, pero no por el frío del sur.
-Grité cuando murieron mis hijos-decía-grité tanto de dolor e impotencia, que perdí la voz.
“Villa Alimonda” indicaba una inscripción en el frente de la casa de Luis, ubicada en la calle 25 de Mayo entre Mitre y Luiggi, sobre vereda impar. Dicen que el ingeniero Luiggi, genovés como él, lo visitaba asiduamente. Aquí y allá en esta residencia campeaban los objetos relacionados con la marinería. Había adornos en el jardín realizados a partir de proyectiles de cañón de distintos calibres, todos pintados y decorados. Había verjas y encastrados para las enredaderas construidas con caños de calderas. Había un águila moldeada en yeso sobre una base lograda con un tubo metálico del “Garibaldi”. Alimonda no sólo era práctico de navegación, también era jardinero y escultor.
Esta casa con sus paredes de un siglo, está de pie y en excelentes condiciones para orgullo del patrimonio arquitectónico de la ciudad.

La hija menor de Alimonda junto al águila moldeada en yeso por su padre. La base es un tubo del Garibaldi. El mar y el arte conjugados en el jardín.


5-Un marino notable.

Partida de Génova hacia la América en una postal dedicada a los inmigrantes italianos.

Luis Alimonda llegó cuando el puerto era una idea en construcción en medio del desierto. Todo era arena y chañar evocando el último grito de la indiada.
No era un medio hospitalario. Todo lo contrario. En esta ría con sus bancos y cangrejales fracasaron los intentos expedicionarios del piloto español Joaquín Fernández Pareja. Barcos como el bergantín “Paulista” encallaron en los traicioneros canales y quedaron exhibiendo sus pecios como testimonio de la rudeza del ambiente.
Muy joven, Luis aprendió el arte de mover navíos. Las cifras logradas en su carrera sin mácula, tienen ribetes de hazaña. No hizo perder un solo peso, ni un kilo de hierro, ni una vida a la Marina.
Se codeó con presidentes y almirantes que hoy, desde la perspectiva de la historia, son próceres de nuestra patria. Todos lo conocían y lo apreciaban.
Venía de una infancia difícil y su vida no fue diferente en nuestro suelo. Los héroes no siempre son recompensados como merecen. A veces, hasta reciben el injusto pago del olvido y el anonimato. Pasó necesidades sin queja. La fatalidad golpeó su puerta muchas veces. Demasiadas para un solo hombre. Pero él siguió adelante, conduciendo barcos enormes y costosos hacia sus destinos de gloria.
-Los barcos son muy caros-solía decir-pero arriba, llevan algo mucho más valioso: gente.



 Una vista actual de la Villa Alimonda, la casa del primer práctico de Puerto Belgrano. En el frente aún se lee el nombre trabajado en material. Los dos pilares de la entrada se aprecian en una de las fotos de 1930.

Raúl Ifran.

Fuentes:
Archivo histórico de la Municipalidad de Punta Alta.
Sitio Histarmar.
Revista Caras y Caretas.





3 comentarios:

  1. Hermosa historia. Gracias por compartir.

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  2. A mi querida y siempre bien recordada Punta Alta Y Puerto Belgrano mi mas profundo cariño...!!!!!! www.bblancaylaregion.blogspot.com.ar.....!!!

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